La cara oculta de Ingrid Betancourt
Desde que tengo noticia de la existencia de Ingrid Betancourt, hace ya de esto cuatro o cinco años, siempre he tenido la sensación de que su entereza y nobleza no eran más que una fachada en pro de lograr un protagonismo mediático y político. Pero bueno, a fin de cuentas es ( según ella “era” ) una política.
Lo que me pudo sacar de mis casillas, y que hoy me gustaría compartir con vosotros, y en especial con los que leéis estas líneas desde Colombia, fue todo el circo que se monto el día de la liberación. Recordemos que no solamente Ingrid fue la única liberada, también hubo tres estadounidenses que más tarde descubrirían al mundo a la verdadera Ingrid Betancourt, y once policias y militares colombianos.
Estos últimos fueron los que me convencieron de que el ser humano esta podrido. Estos hombres cayeron en manos de las FARC luchando por su patria y arriesgando su vida para que Colombia pudiera vivir de una vez por todas en paz. Alguno de ellos paso incluso más de 10 años en cautiverio, con hijos ya en las puertas de la adolescencia que la última vez que los vio gateaban. Y señores, la importante en la noticia fue Ingrid Betancourt, estos militares y policías fueron sistemáticamente marginados en pro de la ex-candidata presidencial, quién tuvo la vergüenza de aceptar reconocimientos internacionales tan importantes como el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia y la Legión de Honor francesa; cuando cualquiera de sus compañeros se la hubiera merecido antes que ella.
Bueno, voy al grano. Recientemente su ex-marido, Juan Carlos Lecompte, ha publicado un libro en el que nos desvela la identidad de la auténtica Ingrid Betancourt, la mujer que tan lejos esta de la idea general que se tiene de ella en la sociedad. El libro en cuestión se llama “Ingrid y yo, una libertad agridulce” (Ed. Alphee).
Me gustaría dejaros a continuación algunos fragmentos del mismo obtenidos del artículo del dominical XL Semanal.
El día en que liberaron a ingrid. «Ella bajó del avión sin la ayuda de nadie. [...] Quiero ver sus ojos. Busco su mirada, está en otra parte. Ingrid se acurruca en los brazos de su madre. Se besan. Un largo y hermoso abrazo. El reencuentro entre dos seres que se aman. Las cámaras de televisión colombiana captan la escena. Me gustaría estar en otro lugar. Con ella, pero en otro lugar. Después, me llega el turno de abrirle mis brazos. Tengo muchas ganas de estrecharla, pero Ingrid me sonríe y me da… un gélido abrazo. Si supieran el trabajo que me cuesta decir una palabra sobre este encuentro fallido, este reencuentro sin emoción entre nuestros dos cuerpos. Soy su marido, peleo por ella durante seis años y, de repente, su presencia me parece incongruente, desplazada. Le di un beso en la mejilla que no me devolvió. Prefirió pegarse a su madre. Solamente liberó un brazo para cogerme del mentón y decirme: `Estoy viva, estoy aquí´. Y me golpeó la mejilla. Este gesto, anodino, torpe, me persigue aún a día de hoy. Al bajar del avión, Ingrid me tranquilizó como quien calma a un perrito demasiado solícito. Me dio unos pequeños cachetes, que yo viví como una bofetada. Sin embargo, traté de no sacar conclusiones. Después de todo, mi psicólogo ya me lo había advertido: `Cuando Ingrid sea liberada, puede que su reacción te sorprenda…´.»
«Permanecimos durante dos horas en el aeropuerto. Ingrid respondió a decenas de entrevistas. Consciente o no, siguió ignorándome. Hubiera querido que me tragara la tierra cuando, durante su primer discurso, dio las gracias a todo el mundo, menos a mí. Todo el mundo estaba presente en su agradecimiento: Dios, su madre, sus hijos, su hermana, su ex marido, el presidente colombiano Uribe, el presidente francés Sarkozy, Jacques Chirac, Dominique de Villepin e incluso su mujer, Marie-Laure de Villepin. No podía creer que me hubiera olvidado con intención. Pero así fue. No persigo grandes honores y tras la humillación pública vivida, tampoco. Pero mi estoicismo tiene límites. Mi madre, mis amigos, muchos desconocidos me comentaron cómo les extraño aquello. Me lo tomé como una nueva bofetada. Pero ya lo he encajado.»
Nuestra primera noche juntos. La noche de la liberación de Ingrid Betancourt, Juan Carlos Lecompte acompañó a su esposa y a su suegra a casa de esta última. «Era muy tarde. Pero Ingrid comenzó a hablar, hablar y hablar sin parar. No le hicimos ninguna pregunta. Nos narró, de forma desordenada, su vida en cautividad. Las interminables caminatas, la humedad, el barro, los reptiles, el aseo en los ríos, la comida… Lo poco que nos contó de sus carceleros nos dejó helados. Aquella noche, Ingrid habló mucho de Dios. Siempre fue creyente. Pero, agarrada a su rosario, se había ido parapetando poco a poco en la religión para resistir sus seis años de cautiverio. [...] Insistió en contarnos, con bastante detalle, que había visto a la Virgen en un sueño dos semanas antes de ser liberada. Durante esta aparición le advirtió de que le iba a ocurrir algo muy `grande´, tan `grande como una liberación´. No nos atrevimos a interrumpirla. Nos aseguró que la Virgen la había mirado directamente a los ojos. Ingrid estaba en trance, al borde de las lágrimas. Yo, realmente, no sabía qué decir.»
La primera prueba de vida: un documento `censurado´. «En seis años, únicamente he `visto´ a mi mujer en cuatro ocasiones. Y fue gracias a las `pruebas de vida´, como ellos [las FARC] las denominan. La primera llegó a casa de su hermana, Astrid, en julio de 2002. Este primer vídeo no lo vio nadie, excepto nosotros. Nunca lo mostramos a los medios de comunicación por respeto a la dignidad de Ingrid. Es un testimonio desgarrador. En él puede verse a Ingrid llorar sin parar durante catorce minutos la muerte de su padre. Lo supo por casualidad, en la selva, un mes después de su fallecimiento, leyendo un viejo diario que había servido para pelar las verduras. Es insostenible. Ingrid estaba destrozada. Incluso yo sólo he podido ver el vídeo una vez. Llegó a casa de su hermana Astrid, y ella lo conservó desde entonces. Ahora lamento no haber insistido más en recuperar la cinta o que me la prestaran. Porque también contenía, al final de ese primer vídeo, una declaración de seis minutos de Clara Rojas para su madre. Ahora bien, su madre nunca la vio. Astrid tenía tanto miedo de que las desconsoladas imágenes de Ingrid circularan que ni siquiera informó a la madre de Clara de que su hija estaba viva. Deberíamos haberle permitido ver esta cinta. Pero aquel día fuimos muy egoístas. No estuvo bien por nuestra parte permitir que Astrid acaparara esta primera prueba de vida y dejar a una madre sin noticias.»
Para Ingrid, el dinero nunca era suficiente. «Cuando vuelvo a pensar en ello, recuerdo que hablamos mucho, incluso exclusivamente, de cosas materiales durante aquel mes de julio. Ingrid estaba obsesionada con el dinero. Y al mismo tiempo resultaba algo normal: quería disfrutar de su libertad recuperada. `La vida en París es cara, Juanqui´, me explicaba. `Y además quiero llevarme a los niños a las Seychelles, y me hace falta dinero.´ Para vivir en París y llevar a Melanie y Lorenzo de vacaciones, Ingrid me reclamaba 50.000 dólares. Yo ignoraba que vivía a costa del Gobierno francés en París (y que finalmente sería invitada por el presidente de las Seychelles). Le propuse transferirle 30.000 dólares de forma inmediata, es decir, el importe del Premio Roma por la Paz y la Acción Humanitaria que había recibido en su nombre y que había guardado esperando su regreso. Pero no era suficiente para ella. Estaba un poco sorprendido. Le dije que únicamente podía enviarle 10.000 dólares suplementarios. Y eso, vaciando mi cuenta. Y ella los aceptó. Yo no rechisté. Era mi lado `macho´: de donde yo vengo, un hombre debe poder satisfacer las necesidades de su mujer.»
«Puede que Ingrid ignorara en aquel entonces que había dejado de trabajar hacía cinco años para poder liberarla y que tuve que vender mi apartamento. Ingrid no se mostró muy sensible. Ingresó el cheque considerando la suma aún muy insuficiente. Me pidió que me endeudara. `Si no tienes más dinero, sólo tienes que pedirlo prestado´, me decía con sequedad. `¡Pídeselo a tus amigos!´.»
Y empezamos a hablar de divorcio. «Las cosas comenzaron a estropearse a partir del 1 de enero de 2009, cuando empezó a pedirme que nos divorciáramos de forma amistosa. El 10 de enero, los médicos me dijeron que mi padre moriría en esa semana. Dije a Ingrid: `Por favor, espera un poco hasta que mi padre se vaya, y después te prometo que firmo los papeles que me pidas´. Pensaba que mostraría algo más de compasión. Mi padre quería mucho a Ingrid. Incluso llegó a escribirle un emocionante poema en 2005, durante su cautiverio. Pero, aparentemente, no era suficiente para emocionarla. Ingrid no quiso esperar. Era como un capricho. Nada tenía más importancia, ni siquiera la muerte de mi padre. Y al día siguiente envió a un abogado, el 11 de enero, al hospital. Y ése fue el día en que, de forma oficial, dejé de amarla. Ya no reconocía a mi mujer.»
Ingrid y el resto de los secuestrados. «Hoy pienso mucho en mi amiga Magdalena. Su hijo, Elkin Hernández Rivas, está en manos de las FARC desde el 14 de octubre de 1998. Acababa de cumplir los 22. El primer año tras la liberación de Ingrid, al no tener ningún medio para ponerse en contacto con ella, Magdalena me llamaba cada mes para pedirme que la convenciera para movilizarse por su hijo y el resto de los secuestrados: `¡Estoy desesperada, por favor, pide a Ingrid que nos ayude!´. Al principio, yo le respondía que Ingrid necesitaba descansar. Más tarde, Magdalena declaró públicamente que Ingrid los había olvidado. Estas familias no comprenden el hecho de que para ella sea más importante escribir un libro que ayudar a sus compañeros secuestrados. Dicen que ella sabe mejor que nadie lo que significa ser prisionero, que realmente podría movilizar las cosas gracias a su inmensa notoriedad y a sus contactos y que podría hablar con numerosos presidentes. No entienden por qué los ha abandonado.»

Comentarios
Un comentario para “La cara oculta de Ingrid Betancourt”
Enviado por Marcelo | Feb 2, 2010 | Responder
Tarde o temprano la verdad sale a luz, ninguna mentira puede ocultarse por siempre.
No sólo descendió del avión sin ayuda esa escalera (luego de tantos años de secuestro) sino que parecía venir del salón de belleza, muy arregladita y prolija y sus gestos y miradas decían otra cosa, estaban en otro lugar, era otra la verdadera historia de ese 1 de julio del 2008.
Excelente idea compartir estos fragmentos, muy buen trabajo, gracias. MM